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Ciudad de Brujas

Ciudad de Brujas

La localidad burgalesa de Cernégula tiene a bien ser conocida como ‘el pueblo de las brujas’.

Cuenta la leyenda, y las fuentes orales, que en la laguna de este pequeño municipio se reunían las brujas de toda Castilla para realizar aquelarres y poner en común las últimas recetas mágicas aprendidas. Realidad o leyenda, las crónicas hablan de Cernégula como la localidad del Reino de Castilla en la que se reunían las brujas llegadas de Cantabria y Navarra con el ánimo de burlar las miradas de los inquisidores, que señalaron en varias ocasiones este lugar en su particular caza de brujas durante los siglos XV y XVI.

Cernégula es hoy un pueblo de apenas 70 habitantes. La entrada a la localidad recuerda el pasado brujeril, al que sus vecinos aluden en sus casas por aquello de atraer a visitantes.

Castilla y las brujas

La historia de Castilla está ligada, como en tantos otros lugares, a la historia de leyendas brujeriles y esotéricas. Lejos de saber si tales historias fueron verdad o puro cuento, de lo que no cabe duda es de que la tradición no ha desechado de muchos pueblos castellanos su relación con las mujeres del gorro en punta y la escoba. Además de Cernégula, tierras sorianas comparten protagonismo en las leyendas que sitúan a las brujas del bajo medievo en las tierras de Castilla y León.

Este es el caso del municipio soriano de Barahona, cuya relación con la brujería se encuentra documentada en los diarios de la Santa Inquisición fechados en el siglo XVI. En este tiempo, la institución fundada en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia católica en sus reinos, se encargó de recorrer cada uno de los denominados ‘pueblos malditos’ con el ánimo de ‘limpiar’ las calles de magos y brujas.

El salvador burgalés

La caza de brujas que libró la Iglesia Católica entre el periodo que comprende los años 1609 y 1614 llevó a inquisidores de todo el norte del país juzgar a cientos de personas relacionadas con la brujería y la magia negra. Tal fue el histerismo causado en los pueblos del norte de España, que según los documentos de la época se contabilizan por decenas las mujeres que ardieron en la hoguera en ese intervalo de tiempo, siendo el auto de fe del 7 de noviembre de 1610 de Logroño, el más famoso. En él se quemaron a seis supuestos brujos, algunos de ellos pertenecientes a poblaciones contiguas.

En este proceso de búsqueda y captura de brujas, tuvo especial relevancia un burgalés: el inquisidor Alonso Salazar Frías (Burgos, 1564-Madrid, 1637) , quien, tras el auto de fe de Logroño, se encargó de llevar a cabo miles de interrogatorios con una mirada diferente. El burgalés se encargó de recorrer buena parte de la geografía del norte del país y cuestionó algunas de las sentencias que otros inquisidores habían iniciado, llegando incluso a evitar el ajusticiamiento de dos acusados de brujería.

A Salazar Frías se le conoce en los círculos de la época como ‘el salvador de las brujas’. Apelativo que consiguió después de estudiar miles de denuncias sobre brujería y cuestionar las mismas. Muchas de ellas partían de los sueños de niños que decían haber soñado con vecinos que participaba en aquelarres o de vecinos que se tomaron su particular venganza señalando a quienes no compartían sus ideas.

Una verdadera epidemia que hizo que el burgalés tratase de definir con la siguiente frase: «No hubo brujos ni embrujados en este lugar, hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos». En un informe posterior al Consejo Supremo en 1613, Salazar criticó duramente el procedimiento del tribunal durante el brote de la brujería acusando a otros colegas de haber aceptado como válidas acusaciones sin fundamento alguno.